Ahora todos tienen TDAH
NACIONALES | La evidencia muestra que no es solo mejor detección. Una revisión sistemática publicada en JAMA Network que analizó 334 estudios encontró indicios claros de sobrediagnóstico en niños y adolescentes, especialmente en los casos leves. En esos extremos del espectro, los perjuicios del diagnóstico y del tratamiento farmacológico pueden superar los beneficios.
En España, neuropediatras del Grupo IHP estiman que entre el 20 % y el 30 % de los diagnósticos actuales podrían ser inexactos, producto de evaluaciones apresuradas que confunden comportamientos normales con patología.
Allen Frances, quien presidió la comisión del DSM-IV, reconoció públicamente que ese manual contribuyó a tres "epidemias" falsas: TDAH, autismo y trastorno bipolar infantil. Ampliar los umbrales y medicalizar la inquietud o la distracción convirtió diferencias en trastornos.
En la misma línea, la neuróloga Suzanne O'Sullivan, en La era del diagnóstico (2025), sostiene que estamos patologizando lo límite: lo que antes era variación normal ahora se transforma en categoría clínica permanente.
El psiquiatra británico Derek Summerfield habla de una nueva "epidemia" socio-psiquiátrica del TDAH adulto, impulsada por listas de chequeo y por la ampliación de criterios que carecen de marcadores biológicos firmes.
Desde la psicopedagogía la crítica es similar. Etiquetar al niño inquieto o al adolescente que no sostiene la atención en el aula puede funcionar como una forma de violencia ontológica: se reduce al sujeto a un acrónimo y se pierde de vista el contexto. Muchas veces lo que aparece como déficit atencional es respuesta a un entorno saturado de estímulos, a la presión académica o a la simple inadecuación de los ritmos escolares a la biología infantil. La medicalización de la infancia desplaza la pregunta pedagógica ("¿cómo enseñamos mejor?") por la pregunta clínica ("¿qué le falta a este niño?").
Lo que ocurre hoy no es casual. Vivimos en la economía de la atención. El scroll infinito, las notificaciones constantes y los algoritmos diseñados para maximizar el tiempo de pantalla fragmentan la capacidad de sostener el foco. Cada like o cada video corto libera una dosis de dopamina que el cerebro aprende a buscar. No es que las redes "causen" TDAH, pero sí reproducen y agravan un patrón de atención dispersa que luego se confunde con el trastorno. Estudios muestran que el uso intensivo de plataformas como TikTok e Instagram se asocia con mayores síntomas de inatención, y que gran parte del contenido viral sobre el tema es impreciso o engañoso. En este contexto, el autodiagnóstico se vuelve moneda corriente.
No hace falta negar que existen personas con dificultades reales de atención, impulsividad e hiperactividad que interfieren de manera grave en su vida. El problema es otro: convertir toda dificultad en etiqueta. Una vez que alguien se define como "TDAH", el riesgo es que esa palabra marque la psiquis, limite expectativas y se transforme en destino. El diagnóstico debería ser herramienta provisoria, no identidad fija.
Se puede acompañar a las personas sin clavarles un nombre: trabajar hábitos de atención, regular el uso de pantallas, diseñar entornos menos saturados, enseñar estrategias de organización y sostener vínculos que contengan.
En la escuela, en el consultorio o en la vida cotidiana, el objetivo no es clasificar sino ampliar la capacidad de habitar el presente con menos dispersión y más agencia. Mejorar la vida no requiere una etiqueta permanente. Requiere escucha, contexto y tiempo.
Por Julio César Cháves