


Del quirófano a la fábrica: la historia de Sebastián Plaza
InfoTec 4.0






SANTA ROSA | Sebastián Plaza se define a sí mismo, en gran medida, como un niño. “Me gusta explorar, el aburrimiento es parte de lo que no tolero en mi vida”, contó en una entrevista. Es veterinario, especialista en cirugía traumatológica, diagnóstico por imagen, y desde hace unos años es también el gerente y dueño de Industrias Bono, una empresa de Santa Rosa, capital de La Pampa, que fabrica equipos de tratamiento de agua y que hoy vende máquinas a buena parte del país. Su historia, de golpear una puerta con un plan de negocios a liderar un equipo de 17 personas, es un ejemplo de cómo animarse a cambiar de rumbo.
Plaza nació y se crió en Santa Rosa, en una familia de veterinarios: su padre trabaja en la veterinaria con él, igual que su esposa. Entre 2013 y fines de 2022 se dedicó a la clínica a tiempo completo. Después, explicó, “corrí un pie hacia cada lado y de a poco me fui convirtiendo en industrial”. Seguía operando, pero con la decisión ya tomada de buscar otro camino.


Esa decisión, relató, no tuvo un único motivo. Hubo una suma de situaciones, pero la principal fue convertirse en papá: “El tener un hijo te despierta algunas preguntas. ¿Qué hacés de tu vida? ¿Sos feliz? ¿Qué le respondés al nene que tenía 5 años y tenía un sueño?”. A eso se sumó la necesidad personal de desarrollar algo propio, con independencia económica y de decisiones, sin que eso implicara ningún conflicto con su padre, que lo acompañó en todo momento. Quería, además, hacer algo relacionado con el ambiente.

La puerta que tardó meses en golpear
Plaza evaluó cuatro opciones. Descartó la primera, vinculada a residuos patológicos, porque no había mercado y ya existía una licitación en marcha. La segunda, el aprovechamiento de un recurso forrajero para fabricar tableros de madera, requería una escala y una inversión fuera de su alcance. Con el tratamiento de agua, en cambio, vio una tecnología “bastante subdesarrollada en la región”, barreras de entrada bajas y la posibilidad de ir escalando. Dio con una empresa pequeña que fabricaba equipos de ósmosis inversa y decidió proponerle una sociedad a su dueño, Horacio.
El camino hasta animarse fue largo. Se había puesto como fecha límite el 30 de diciembre y lo cumplió un día antes. “Habré arrancado en agosto, septiembre. Armé el discurso, armé un plan de negocios, agarraba la camioneta, llegaba a una cuadra y me volvía. No sé si decir 15, 20 veces es poco”, recordó entre risas. Hasta que se dijo “es ahora o nunca”: se bajó, golpeó la puerta y le explicó a Horacio lo que quería hacer. “Quiero asociarme con usted y quiero la mitad de su empresa”, le dijo. El dueño se quedó sorprendido y le pidió tiempo para pensarlo, pero al día siguiente lo llamó para juntarse. Almorzaron, empezaron a darle forma a la idea y el 2 de enero tomaron las riendas de la empresa. Plaza ingresó como socio gerente y, el año pasado, compró el resto de la sociedad.
Reconoció que lo que más lo frenaba era el miedo a no poder cumplir. Por eso, planteó una propuesta “lógica, sincera y cumplible”: un plan a un año y medio, con inversión gradual. Para sostenerlo contó con un amigo, Gonzalo Hill, que lo acompañó desde el inicio, y con el apoyo de su familia. Su mamá, profesora de inglés que se estaba jubilando, se sumó al verlo desbordado: “Es la jubilada más ocupada del mundo”, bromeó. También trabajan en la empresa un cuñado y, en algún momento, una prima. “Somos un conjunto familiar que se mueve bastante en bloque”, resumió.

De un taller a una empresa de soluciones hídricas
Cuando llegó, Industrias Bono “no era una empresa, era algo bastante más chico, un taller”: estaban el dueño anterior, dos empleados y ellos cuatro. Las primeras medidas fueron de orden: saber qué se compra y qué se vende, estandarizar y pensar en un formato de producción. Hoy son unas 17 personas, con un taller de producción de unos 800 metros cuadrados y otros galpones para el área comercial y técnica.
La empresa nació como metalmecánica, con trabajo en acero inoxidable, material que exige la norma bromatológica. Hoy, según Plaza, se define como una empresa que brinda “soluciones hídricas” y que aspira a convertirse en una industria del conocimiento más que en una manufacturera. Tiene tres líneas de negocio. La primera es el tratamiento de agua de proceso, que abarca desde la filtración básica hasta la ultrafiltración, la nanofiltración y la ósmosis inversa. La segunda son las plantas de agua: desde la máquina que filtra hasta la que lava, llena y tapa los bidones de 20 litros, un paquete completo para quien quiere vender agua envasada. La tercera es la de instalaciones, servicio técnico e ingeniería. Además, usan una unidad complementaria de corte, plegado y soldadura para aprovechar los tiempos muertos del taller.
Los números dan una idea de la escala: tienen contabilizadas unas 142 plantas de agua en funcionamiento, más cuatro o cinco ya despachadas, y entregan en promedio unos ocho equipos de tratamiento por mes y una planta completa mensual. La mejora en los tiempos es notable. Armar una planta de ósmosis llevaba “alrededor de un mes, 45 días”; hoy, desde el primer corte de chapa hasta que sale el equipo, “puede llegar a tardar 5 días”, y como trabajan con partes preensambladas, el cliente puede recibir su equipo unas 48 horas después de comprarlo.
¿Cuál es el secreto? “No hay un cambio clave, es incomodidad permanente”, respondió. “Todo proceso, todo lo que hacemos tiene que vivir en revisión”. La idea, explicó, es que todo quede escrito en un manual y pueda repetirse, y que nada dependa de la memoria de una persona. Aplicó ese concepto de mejora continua primero en la veterinaria, con ayuda de un ingeniero industrial de una empresa pampeana, y luego lo trasladó a la fábrica. Reconoció además que la dirección del día a día está en manos de un equipo que, según dijo, “resuelve todo”: él marca hacia dónde quiere ir y los responsables de producción, ventas, servicio técnico y proyectos definen cómo hacerlo.

El agua, un recurso presente en todo
Plaza explicó por qué cree que el agua es un buen lugar para trabajar. Recordó que la superficie del planeta cubierta de agua es del 72%, pero que el agua dulce representa cerca del 2% y que la industria utiliza alrededor del 20% de ella. Además, casi todo lo que se come y se bebe tiene un alto porcentaje de agua. De ahí su conclusión: “Hay un 80% de probabilidad de que le podamos agregar un punto de mejora a cualquiera de las industrias”.
La tecnología más usada por la empresa es la ósmosis inversa y la nanofiltración. Plaza lo describió con un ejemplo sencillo: en un proceso natural, el agua tiende a equilibrar las sales a través de una membrana; la empresa aplica presión para que las sales queden retenidas y solo pase el agua pura, con una eliminación de entre el 98 y el 99%. Esto es especialmente importante en la región. Según explicó, quienes viven en la cuenca chaco-pampeana, unos 4 millones de personas, están expuestos a agua con niveles altos de arsénico, flúor, sodio, carbonatos, nitritos y nitratos, por lo que el tratamiento suele ser necesario para que sea apta para consumo humano. “En nuestro vecindario tenemos 4 millones de potenciales clientes”, sintetizó.
La industria también necesita agua estandarizada. Mencionó a cervecerías, destilerías, fábricas de helados, producción avícola y criaderos de cerdos: si el insumo, que representa gran parte de la materia prima, es siempre igual, el producto es más estable. Contó que los fabricantes de pintura, por ejemplo, le explicaron que la calidad del agua influye en cómo se diluye y reacciona su producto.
La empresa trabaja en La Rioja, San Juan, Mendoza, San Luis, el sur de Córdoba, el oeste de Buenos Aires, La Pampa y Río Negro, y tiene una fuerte presencia en Neuquén y algunos clientes puntuales en el sur. Explicó que son dos líneas de negocio distintas: al sur, donde el agua es de buena calidad, se venden plantas para abastecer a clientes; en la zona de agua dura, salobre y con arsénico, el equipo es domiciliario y se acompaña al arquitecto o al constructor, que es quien recomienda la tecnología a quien construye una casa.
Datos, ideas y un sueño de ser número uno
Mirando a futuro, Plaza cuenta que desde los primeros meses la empresa desarrolló una placa electrónica propia, un controlador cerrado y adaptado a sus necesidades, que devuelve información sobre el equipo: presiones de entrada, de trabajo y de salida, caudales, horas de funcionamiento y estado de los motores. Con esos datos se puede saber cuándo una membrana va a requerir un lavado o un reemplazo y ofrecérselo al cliente a tiempo. “Todo lo que le tiremos arriba de nuestro desarrollo es lo que nos va a permitir mantener el equipo y venderle cosas permanentemente”, explicó. Su visión es pasar de fabricantes a proveedores de insumos y productos intermedios a partir de los datos relevados, e incluso admite que, si fuera necesario, podrían importar los equipos.
Su meta es clara: “Me encantaría que seamos la empresa referente en el rubro, llegar a ser número uno, poder competir de par a par con los grandes que hay a nivel nacional”. Y agregó: “Creo que estamos para pelear el primer puesto”. Aclaró que es una política de la empresa entender con qué equipamiento y personal cuentan y adaptarse: “Hoy hacemos máquinas de agua; si las tenemos que importar, las vamos a importar. Y si tenemos que producir carameleras de vidrio, haremos carameleras”.
Pyme pampeana, miedo y decisiones
Sobre ser una pyme de Santa Rosa, Plaza fue claro: “No creo que sea una limitante La Pampa. Ningún lugar debería ser una limitante”. Reconoció que el flete es más caro, pero sostuvo que si en todo lo que hacen aportan valor al cliente, serán competitivos sin importar dónde estén. “El tema es cuando nos empezamos a cargar de cosas que no aportan valor”.
También fue sincero sobre los momentos difíciles. Consultado sobre si alguna vez quiso tirar la toalla, respondió: “Sí, todas las semanas”. Explicó que una vez por semana se enoja y siente que quiere mandar todo al diablo, pero que forma parte del día a día: “No existen ni momentos de plena felicidad ni de plena tristeza. Hay picos, hay valles, y hay que tratar de buscar las mesetas la mayor cantidad de tiempo posible”. Para él, la industria es “un deporte de riesgo” que no deja aburrirse, porque un producto atraviesa procesos metalmecánicos, de electricidad, de programación, de física aplicada y de química antes de que alguien pueda venderlo.
Dice haber tomado muchas decisiones, y algunas malas, pero considera que es lo que enseña: “¿Cómo tomamos buenas decisiones? Habiendo tomado malas decisiones. ¿Y por qué tomamos malas decisiones? Porque tuvimos coraje para tomar decisiones”. Atribuye parte de su forma de pensar al quirófano, donde hay que decidir rápido y con responsabilidad. Y agregó que, como no proviene de una familia industrial, no tenía preconceptos: “Lo que servía lo fuimos manteniendo, y lo que no, lo cambiamos, y nunca fue un trauma”.
El éxito, la familia y un consejo para animarse
Para Plaza, el éxito es “poder visualizar que algo funciona”, ya sea cuando un paciente vuelve a caminar o cuando un equipo que nació en un pizarrón o un dibujo arranca en una instalación. Aunque trabaja mucho, aclaró que en su trabajo está su familia: comparte tiempo con su mamá en la oficina, con su esposa y su padre en la veterinaria, y su hijo lo acompaña seguido. De hecho, contó una anécdota: un día, su hijo le preguntó a otro nene de qué era la fábrica de su papá, convencido de que todo el mundo tenía una.
Sobre su hijo, dijo que fue quien más le cambió la vida y que lamenta haber sido papá a los 34: “Tendría que haberlo tenido antes y disfrutarlo diez años más”. Aclaró que no sabe si querrá seguir con la empresa, pero que tendrá las puertas abiertas, y que la empresa se está ordenando para ser vendible y sus productos exportables: “Es como el matafuego del auto, espero no usarlo nunca, pero que esté ahí”.
A quien tenga una idea y dude, le dejó una pregunta como consejo: “Lo primero que hay que preguntarse es qué es lo peor que podría pasar. Si no va a pasar nada malo, lo tienen que hacer”. Y agregó: “Dentro de cinco años, funcione o no funcione, de lo único que se va a arrepentir es si no lo hizo”. Su filosofía de vida la resumió así: “Hay que ser adolescente de 30, de 40, de 50, a los 60 y a los 70. Nunca hay que decir ‘llegué a este punto de la vida’ o ‘es hasta acá’. La incomodidad es lo que me mantiene vivo, activo, y me gusta”.






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