


Cristian camina hacia el horizonte con su casa a cuestas
InfoTec 4.0






REALICÓ | Hay historias que no necesitan adornos porque ya traen la poesía puesta. La de Cristian Sosa es una de ellas: un hombre de 33 años, un carrito hecho a mano, una lona para el agua y un destino que todavía no tiene fecha de llegada. Hace unos dos meses salió de Pigüé, en el sudoeste bonaerense, y desde entonces avanza paso a paso, empujando su vida entera sobre dos ruedas. Esta semana el camino lo trajo hasta Realicó, donde lo encontramos en el predio del Parque Recreativo Municipal, resguardando su equipaje de la lluvia bajo una cubierta de plástico.
Con la serenidad de quien ya no tiene apuro, Cristian contó que la idea lo acompaña desde la infancia. “Siempre quise salir a caminar por la ruta, pero como no quería pasarla mal, ni pasar frío ni hambre, me tuve que hacer un carrito para llevarme todas las cosas”, explicó. El recuerdo que sembró el deseo es tan nítido como una postal: un viaje con su abuelo, de regreso hacia Pigüé, en el que se cruzaron con uno de aquellos caminantes de antaño que recorrían las rutas con todo su mundo en un bolso al hombro: un "croto". Esa imagen quedó guardada, esperando su momento.


El carro, que empuja con una lanza que le permite caminar al mismo tiempo, es mucho más que un medio de transporte. Allí lleva abrigo para el invierno y ropa liviana para el verano, utensilios de cocina, una colchoneta, un par de cañas de pescar para detenerse junto a algún arroyo y una lona que lo cubre a él y a su equipaje cuando la ruta lo obliga a frenar. La carpa, en cambio, se rompió a mitad de camino y debió abandonarla. Lejos de lamentarlo, lo tomó como una enseñanza: planea reformar el carrito con ruedas de moto y armarle una especie de catre, para dormir en altura y alejarse de las alimañas. “Ya casi pisé una”, reconoció entre risas, “y eso me terminó de convencer”.
Hasta Realicó recorrió, según sus cálculos, entre 300 y 350 kilómetros. Los camina a contramano de los autos, para ver de frente a quien se acerca, y cada vez que se aproxima un vehículo se hace a un costado, a la banquina. Allí lo esperan otros obstáculos: el pasto alto, los pozos escondidos y las ruedas que ya sufrieron más de un percance. A cambio recibe una cosecha de gestos que lo emocionan. “Hay muchos que tocan bocina y muchos que frenan. Me han ofrecido desde un consejo hasta agua y comida. Hasta facturas me dieron”, contó, sobre la solidaridad de la gente de ruta.
Su paso por Realicó tiene además un trasfondo de sangre y memoria. Cristian es familiar de José Sosa, querido vecino de la ciudad, mecánico municipal durante muchísimos años, estrechamente vinculado al cuartel de Bomberos Voluntarios y uno de los hacedores de la primera autobomba de la institución. “Era mi padrino. Era hermano de mi abuelo”, recordó. Las historias que oyó de niño pintaban a un hombre con los fierros en las manos y en el corazón, capaz de armar la maqueta completa de un auto de rally siendo apenas un chico. Llegar a Realicó fue, de algún modo, cerrar un círculo y pisar la tierra de la que tanto le habían hablado.
¿Y cómo se sostiene alguien que vive de camino en camino? Con trabajo, voluntad y manos dispuestas. Cristian fue albañil durante mucho tiempo y ofrece sus servicios a quien los necesite: levantar una pared, pintar, cortar el pasto o colocar durlock. “No le hago asco a nada, y lo que no sé, lo aprendo”, dijo, con la humildad de los que confían más en el esfuerzo que en la suerte.
El rumbo, por ahora, apunta al norte y al oeste. Primero Córdoba, donde espera conseguir un trabajo que le permita acomodar y mejorar el carrito, y luego un recorrido costeando San Luis hasta Tanti, un lugar donde le gustaría quedarse un tiempo. Más allá hay un sueño mayor: llegar a La Quiaca por la Ruta 40 y pasar por Purmamarca, un paisaje que ya conoció en colectivo y que ahora quiere ver al ritmo de sus propios pasos.
Sabe que las sierras le exigirán más, y aun así se lo toma con una calma admirable: “Voy mentalizado a que me va a agarrar un montón de subida y bajada, pero aunque me cueste, quiero hacerlo”. Lo animó la historia de un hombre de 60 años que unió Ushuaia con La Quiaca caminando con un carro de cuatro ruedas y unos 140 kilos de carga. “Si lo hace uno de 60, cómo no lo voy a hacer yo, que tengo 30”.
A su madre y a su hermana, que lo esperan en Pigüé, las llama una vez por semana para que la distancia no pese tanto. Lo hace aun cuando su idea original era apagar el celular y entregarse a la naturaleza, un propósito que la realidad se encargó de relativizar: el primer día, a los diez kilómetros, se detuvo junto a un tambo que tenía wifi libre. Hoy tiene un perfil de Instagram y piensa crear una página para compartir su viaje, porque muchos le piden que muestre lo que ve, como si vivieran un poco el camino a través de él.
En la charla también dejó asomar una verdad más íntima. Contó que en su ciudad se preguntaba demasiado por el sentido de las cosas y que no se sentía cómodo, y que todo cambió cuando salió a la ruta. “Cuando salí con el carro dejé de preguntarme eso. Fui disfrutando la vida. Esto es lo mío”, resumió. Y agregó, con una sonrisa que se adivina más que lo que se ve: “En la ruta estoy feliz”.
Cristian no sabe todavía cuánto tiempo se quedará en Realicó. Pensaba demorarse algunos días, aunque admite que ya le empieza a picar el deseo de seguir andando y que quizás parta el viernes. Mientras tanto, quien quiera conocerlo en persona puede acercarse hasta el predio donde se encuentra, e incluso proponerle una changa o acercarle una mano, un gesto que, aseguró, siempre se agradece. Desde Infotec 4.0 le deseamos buena ruta y, sobre todo, mucho cuidado: el asfalto es peligroso, pero también es el camino que eligió. Porque, como él mismo dejó claro, lo importante no es cuándo llegue, sino lo que le pasa mientras camina.







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