Oscar Alejandro Molina: “Si volviera a nacer, realizaría los mismos pasos que hice hasta el día de hoy”
REALICÓ | Óscar Alejandro Molina, Teniente de Navío retirado y aviador naval, visitó Realicó y ofreció en un diálogo exclusivo con Infotec 4.0 un valioso testimonio de vida atravesado por la vocación de servicio, la aviación militar y el amor a la patria. Nacido en Capital Federal y criado en Laferrere, recordó una infancia entre calles de barro y una educación estricta, que lo formó para los desafíos que vendrían. Soñaba con ser piloto de la Fuerza Aérea, pero fue rechazado por su estatura. Ese obstáculo lo llevó a mirar hacia la Armada Argentina, donde fue aceptado e inició una carrera que lo llevaría a conocer su país y el mundo desde el cielo.
Ingreso a la Base Aeronaval Punta Indio "Cuna de la Aviación Naval"
Su formación comenzó en la Escuela Naval de Río Santiago y lo llevó a embarcarse en la Fragata Libertad. Fue en ese entonces cuando el mar, que al principio no le gustaba, comenzó a conquistarlo. Al optar por el escalafón del aire, su destino cambió por completo: fue asignado a la base aeronaval de Punta Indio, donde comenzó desde abajo —limpiando hangares— hasta que llegó el día de su primer vuelo solo, a bordo de un T-28.
North American T-28 Trojan
Más tarde volaría el emblemático DC-3 (C-47), con el que participó en misiones científicas a la Antártida en los años 70. Allí, junto a glaciólogos, sobrevolaban inmensas masas de hielo y aterrizaban en condiciones extremas, sin ayudas radioeléctricas. “A veces nos guiábamos con emisoras AM para no perdernos”, recordó. “Ushuaia fue una de las mejores escuelas de vuelo”, dijo, destacando las dificultades climáticas y de navegación de la región.
La camaradería, el ingenio y la pasión eran clave en aquellos tiempos. Contó cómo, durante una misión, improvisaron una antena para mantener las comunicaciones cuando el sistema original falló, mostrando el tipo de soluciones que exigía volar sin la tecnología de hoy. “No teníamos GPS ni piloto automático, pero sobraba corazón”, expresó.
Douglas DC-3 en suelo antártico
Ya como piloto de aviones más modernos como el MB-326 (Aermacchi) y el A-4Q Skyhawk, Molina se entrenó en portaaviones en Estados Unidos, enfrentando el desafío extremo de aterrizar en una cubierta en movimiento. Durante la Guerra de Malvinas se encontraba en Alemania en un curso de capacitación, y no pudo participar del conflicto, hecho que lamenta aún hoy.
Tres Aermacchi de la Armada volando en formación
Tras retirarse de la Armada, continuó volando para el Automóvil Club Argentino, realizando traslados sanitarios en todo el país, incluso en zonas aisladas como el Impenetrable chaqueño. Señaló la importancia de las pistas de asfalto construidas en La Pampa en los años 80, que fueron clave para conectar regiones remotas.
Molina también compartió pasajes más personales, como la muerte de su esposa en 2013, un dolor que lo sumió en una fuerte depresión. “Estuve al borde del suicidio”, confesó. Pero su pasión por volar, el cariño por sus compañeros y su compromiso con el país lo ayudaron a salir adelante.
Skyhawk A4Q de la Armada Argentina
Durante su visita a Realicó, reflexionó sobre el valor del uniforme, la bandera y el himno nacional. Lamentó ver instituciones públicas sin el pabellón argentino izado a lo largo del país y reclamó mayor compromiso cívico. “No hay excusa para no izar la bandera cada mañana. Muchos dieron la vida por ella”, dijo. También destacó el ejemplo de algunos cuerpos policiales que mantienen viva esa tradición.
En sus palabras finales, dejó un mensaje directo a las nuevas generaciones: “Elijan el camino difícil. Háganlo con cariño, con vocación. No sigan a los que eligen lo fácil. Abracen lo propio: la patria, la cultura, el folklore, el himno. Eso también construye un país”.