Una campaña vacía de propuestas en un país que perdió la esperanza
OPINIÓN | El escenario es de absoluta polarización, con un electorado dividido entre la tradición peronista y La Libertad Avanza, que llegó al poder prometiendo terminar con el kirchnerismo, algo que Mauricio Macri en su momento amagó pero nunca concretó.
El peronismo/kirchnerismo conserva su núcleo duro de votantes, muchos de los cuales siguen descreyendo de las múltiples acusaciones de corrupción que pesan sobre sus dirigentes. Cristina Fernández de Kirchner, ya condenada y bajo prisión domiciliaria con tobillera electrónica, es la figura emblemática de un movimiento que acumula causas judiciales y cuyo entramado de corrupción resulta inocultable. Pese a ello, una parte significativa de la sociedad lo ha naturalizado, relativizando el impacto devastador que tuvo sobre la economía y las instituciones.
En la vereda de enfrente, La Libertad Avanza mantiene la impronta de Javier Milei, que irrumpió en 2023 con un estilo disruptivo que en su momento sedujo a muchos argentinos hartos de “la casta”. Sin embargo, la agresividad verbal, la falta de gestión en temas sensibles y la rigidez ideológica frente a problemas urgentes han provocado una fuga de apoyos. La motosierra, aplicada sin matices, golpeó a sectores vulnerables como la discapacidad, la educación universitaria y los jubilados, donde se necesitaban auditorías y correcciones quirúrgicas, no recortes indiscriminados.
La educación superior continúa con estructuras atravesadas por la política partidaria, muchas veces convertidas en nidos de militancia más que en centros académicos. El sistema de discapacidad acumula sospechas de certificados apócrifos que deben ser depurados con seriedad. Y el régimen jubilatorio, colapsado por años de populismo, requiere acuerdos profundos para asegurar sustentabilidad sin seguir castigando a quienes trabajaron toda su vida.
Frente a estas deudas históricas, los políticos siguen exhibiendo soberbia, ineptitud y, en muchos casos, corrupción. Desde la vuelta a la democracia en 1983, la sociedad ha sido testigo de fortunas construidas en tiempo récord, feudos provinciales con le mismo signo político por 42 años que gobiernan con caja y planillitas de retornos, y municipios sometidos a la billetera del poder central. La política se volvió para muchos mala palabra y el voto, un acto al que se acercan con desgano o directamente deciden evitar.
No sorprende entonces que más del 20% del electorado aún no sepa a quién votar y que otros opten por el voto en blanco o la abstención. La casta, como repite Milei, no nació de un repollo: es un reflejo de una sociedad enferma, que en buena medida toleró y avaló las prácticas que hoy dice repudiar.
La pregunta de fondo, mientras los argentinos siguen cargando con un cúmulo de problemas, es si alguna vez la política se animará a ofrecer algo más que un ring de insultos. Hasta ahora, la respuesta es desoladora.