Es actor transformista y mantuvo oculta su profesión por 20 años: “El día que mi papá me vio se largó a llorar”

Regionales 06 de noviembre de 2022 Por Infotec 4.0
Paul Bardot se reinventó más de una vez, pero la vocación artística siempre fue el hilo conductor. Perdió a su madre y a su hermana menor cuando tenía 4 años, y su abuela fue la primera que lo apoyó para que estudiara danza. En la Semana del Orgullo LGTBIQ+, comparte su historia.
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Durante la Semana del Orgullo BA hubo diferentes actividades para celebrar la diversidad, como antesala a la histórica marcha frente al Congreso Nacional. Sin embargo, a lo largo de nuestro país la comunidad LGTBIQ+ sigue alzando la voz con los eventos de sus respectivas agendas. En la provincia de La Pampa el viernes 19 de noviembre tendrá lugar la cuarta edición de la movilización en la Plaza San Martín de Santa Rosa. De allí es oriundo Pablo Ramello, más conocido por su nombre artístico, La Bardot. Comprometido con la lucha por el respeto y la visibilidad de los derechos del colectivo, el artista que deslumbra en el mundo del transformismo hace 25 años comparte su experiencia con Infobae.

Mientras cose a mano algunas de las prendas que serán el vestuario del elenco que integrará esta temporada de verano en Mar del Plata, y charla a corazón abierto sobre cada una de las veces que tuvo que reinventarse. Gran parte de su trabajo ocurre tras bambalinas, pero todo el tiempo que le dedica a los detalles queda en evidencia cuando sube al escenario caracterizado como Liza Minnelli, Marilyn Monroe, Tita Merello, entre otros íconos de los que conoce a la perfección el repertorio y la cadencia de sus melodías. Su profesionalismo lo convirtió en un referente en su provincia natal, luego de haber incursionado también en otras expresiones artísticas.

“Me acuerdo que era chiquito y esperaba a que hubiera algún cumpleaños para hacer un show de títeres: agarraba dos medias, me las ponía en las manos, me metía debajo de la mesa y contaba chistes”, expresa sobre la vocación que sintió desde niño. Su deseo era brindarle un momento divertido a los invitados y hacerlos sonreír. “Después empecé a tomar clases de danza, que me llevaba mi abuela, pero a mi papá le decía que iba a karate para que no me dijera nada”, revela.

El relato se detiene por un momento, y revela que pasó la mayor parte de su infancia con sus abuelos desde que ocurrió una tragedia que golpeó a toda la familia. Cuando él tenía 4 años se desmoronó parte del techo de la propiedad donde vivían y fallecieron su madre y su hermana menor por el accidente. Tras aquella dolorosa e inesperada pérdida, vivió con su hermana mayor y su padre, camionero de profesión. “Mi viejo viajaba mucho por el trabajo, así que mi abuela fue la que más lo ayudó a criarnos y era una mujer de oro”, destaca con admiración.

Durante la primaria siguió con las clases de baile a escondidas de su papá, y se especializó en folclore. Después cuando llegó el momento de elegir una orientación en el secundario fue tras otra de sus pasiones, la agronomía. “Fui a un colegio agro técnico hiper machista, y a partir del segundo año mis compañeros ya no me hablaban simplemente por ser gay”, confiesa, y define ese tiempo como un verdadero calvario. “Fui a hablar con el rector porque el profesor de educación física se prendía con mis compañeros a molestarme, y me dijeron que no vaya más a hacer gimnasia y que en ese horario le diera clases de apoyo escolar a los más chicos”, narra con desilusión.

Cuenta que tenía un excelente promedio y lamenta que la única solución que le ofreció la escuela en ese momento fue ausentarse a la actividad y reemplazarla por otra, en vez de charlar con el docente y brindarle herramientas para el cese de la discriminación y el hostigamiento escolar. “Yo no podía decir que me pasaba todo esto porque nadie sabía en mi casa, no me animaba a contarles; pensaba que no me iban a aceptar”, reconoce. Y explica: “Yo siempre tuve en claro quién soy, qué me gustaba y qué no, pero para mucha gente era intolerable que yo fuese quien soy, que estudiara en un colegio técnico lleno de hombres en el campo; un chico gay no podía estudiar agrotécnica según ellos”.

Contra viento y marea, se recibió de perito agrónomo especializado en ganadería, inseminación artificial y maquinaria agrícola. Las heridas de su adolescencia todavía estaban abiertas a sus 40 años, y durante la cuarentena por la pandemia de coronavirus decidió escribirle un mensaje a su exmaestro de educación física a través de las redes sociales, donde le comunicó cuánto padeció los repudiables comentarios que le hacían. “No lo hice por rencor, sino porque él sigue dando clases hasta la actualidad y necesitaba decirle todo eso por el miedo a que otros chicos pasen lo que yo pasé”, sentencia. No tiene dudas de que el arte fue su espacio de catarsis siempre, y el primer cambio rotundo tuvo que hacerlo cuando fue operado de la rodilla y supo que ya no iba a bailar más. Por más que se recuperara, el miedo a que la lesión empeore lo llevó a pensar en otras alternativas.

“Los cartílagos no sostenían la articulación y tuvieron que hacerme injertos de tendones. Ya no me sentía cómodo con la danza, así que empecé a estudiar teatro, y ahí conocí lo que era una obra de texto, con un guión y entrar en un personaje, que no tiene nada que ver con el transformismo”, comenta. Paralelamente cursó la Licenciatura en administración de negocios agropecuarios, y obtuvo el título. Una tarde durante sus años facultativos su abuela lo visitó para tomar un café y tuvieron un diálogo que está sellado en su memoria. “Pasó una compañera por la vereda y yo salí a saludarla; entonces ella me preguntó: ‘¿Es tu novia?’, y yo me quedé callado”, narra. Y agrega: “Ahí me dijo: ‘Sé que hay algo que vos tenés que decirme, que nunca me lo vas a decir para que yo no me haga mala sangre, pero también sabés que por algo yo te defendí toda tu vida, y que no necesitás decirme nada; no te olvides que soy como tu mamá”.

Esa fue la única vez que tuvieron una conversación sobre su vida sentimental, pero fue más que suficiente para ambos. “Siempre sentí que iba a ser como afirmarle algo que siempre supo, y no sabía si estaba preparada para esa confirmación mía, pero sé que me debe haber visto en alguna foto de las marquesinas de teatro, aunque yo nunca le dije lo que hacía”, reflexiona. La relación compinche y los actos de amor que le brindó toda su vida lo llenan de gratitud hacia la mujer que le enseñó a tejer crochet, al igual que todas sus especialidades culinarias: “Tengo imágenes en mi mente de ella con las alpargatas con el dedo afuera y nosotros andábamos con las mejores zapatillas, porque dejó de comprarse todo para darnos a mí y a mi hermana lo mejor”.

El transformismo

De alma inquieta, mientras cursaba en la universidad, su primer trabajo fue como aprendiz de costura, pero nunca imaginó que esos conocimientos le servirían para desarrollar una valiosa habilidad como diseñador de glamorosos vestuarios. Estuvo en pareja durante cinco años con un actor transformista, y lo acompañaba a los espectáculos. “Un día faltó un artista que venía de Buenos Aires a La Pampa y había que salvar como sea su ausencia; y como yo tenía experiencia en actuar y bailar, me hicieron ropa en un día y arranqué”, explica. Su participación tuvo éxito y se sumó a los shows de los fines de semana durante los siguientes diez años.

De todos los rubros en los que incursionó, no tiene dudas al afirmar que el transformismo es el más integral, y también en el que existen muchos prejuicios por desconocimiento. “El que dice ‘solo se visten de mujer’, no tiene idea del trabajo que implica, y por eso cuando nos vestimos decimos que ‘nos montamos’, porque todo lo que tenemos encima es un montaje: no es solo el maquillaje; son las tres medias que nos ponemos; una buena cadera que se inventa con gomaespuma; una cintura que se aprieta con un corset; una peluca que hay que peinar; unos zapatos que hay que saber caminar; el lip sync de todo el repertorio; requiere mucha preparación”, describe.

Durante diez años hizo temporada teatral bajo el nombre de Paul Bardot, pero lo mantuvo en secreto. “Mi abuela partió hace casi nueve años, y la última vez que la vi me trajo un collar que le había dado mi abuelo por sus 50 años de casados y me dijo: ‘Esto es para vos, y le vas a dar mejor uso que cualquiera de la familia, pero que no se entere nadie que lo tenés vos’”, recuerda, y asume que aunque no le contó directamente, ella sabía de su talento sobre el escenario. “Y me dijo también: ‘No te encariñes porque cuando no esté, lo que podés hacer es empeñarlo o venderlo, así yo siempre te voy a seguir ayudando, incluso del otro lado”, remata.

Cuando ella murió, su abuelo falleció tres meses más tarde. “Ellos estuvieron 62 años casados, y él no tenía ningún problema de salud, solo bajaba de peso y no quería comer, entonces lo llevábamos al médico y nos decían que no tenía ningún problema físico”, cuenta conmovido. Y asegura: “Por eso cuando te dicen ‘de amor nadie se muere’, yo soy testigo de lo contrario, porque siento que mi abuelo se murió de amor, de soledad, y de extrañar”. Perderlos a ambos y no poder compartir su pasión lo hizo reflexionar sobre el vínculo con su papá.

“Mi viejo sabía que toda la vida fui bailarín, que hice teatro, pero nunca me había animado a decirle: ‘Me visto de mujer y hago reír a la gente’”, explica. En 2017 le contó que iría a Termas de Río Hondo a actuar en una obra, y le mostró el folleto donde aparecía personificado como su alterego. “Me dijo: ‘¿Cuál sos vos?’, y le dije: ‘La rubia’”, relata con humor. Así rompieron el hielo y los temores de tantos años. Para su sorpresa, su padre no solo fue a Santiago del Estero a verlo brillar, sino que llevó a varios vecinos más para que lo vieran en el escenario.

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“En 41 años yo nunca lo había visto llorar, y en el final de la función, cuando nos desmaquillamos en el escenario frente al público, soltó el llanto. Fue la mejor función de mi vida, iría mil veces a esa función”, sostiene con emoción. Otro de los desafíos que enfrentó fue una parálisis facial que implicó varios meses de fisioterapia, masajes y rehabilitación. Lo atormentaba cómo repercutirían las secuelas en sus actuaciones, donde la coordinación de los gestos y el playback resultan esenciales. “Tuve que suspender como 20 shows cuando me pasó, y lo único que le pedía a la médica que me atendió era poder pestañear con dos ojos al mismo tiempo para seguir trabajando; gracias a Dios pude recuperarme y hoy estoy muy bien, tanto que sino lo cuento la mayoría no se da cuenta”, dice con alegría.

La recomposición del vínculo con su padre continuó en el 2020 de la forma más inesperada, cuando comenzó el aislamiento estricto por los casos de Covid-19. “Me quedé varado en La Falda, Córdoba, y como no se podía trabajar ni viajar, me fue a buscar mi papá y me volví a La Pampa”, detalla. “Fue como volver a conocerlo, a compartir tiempo con él como papá, porque hacía 17 años que no vivía en el mismo lugar que mi viejo”, admite. Una vez más, puso en marcha la capacidad de transformar sus circunstancias con la perseverancia que lo caracteriza, y de nuevo se reinventó.

Volvió a sentarse en la máquina de coser y fabricó 15.000 barbijos para uno de los hospitales de la capital, hizo cortinas y sábanas, arregló cierres de camperas, y puso a la venta zapatos e indumentaria, para tener un ingreso económico mientras los teatros permanecían cerrados. En octubre de 2020 recobró la motivación cuando lo convocaron para conducir un Drag Race por su experiencia en el mundo del transformismo y las drag queens. “El reality se llamó Disputa santa y se anotaron un montón de chicos que querían aprender a maquillarse, hacerse ropa, taller de protocolo y ceremonial, teatro, danza; y después de dos meses presentaron una performance en un teatro, y estuvo buenísimo porque fue una hermosa manera de apoyar la cultura y el arte que hay en la comunidad”, cuenta sobre el proyecto que fue llevado a cabo por la empresa audiovisual Megafón producciones con el apoyo del Municipio de Santa Rosa.

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A través de iniciativas del Ministerio de Cultura de la provincia y de la Secretaría de Diversidad y Género de La Pampa también brindó tutoriales de make up, y poco a poco volvieron los shows. Luego regresó la esperada temporada de verano, y el espectáculo del que formó parte, Brillantes es Transformadísimo -una fusión de la obra Brillantes, de Ale Teselli con Transformadísimo, de Matías Ramírez- ganó el premio Estrella de Mar como mejor espectáculo de transformismo. En este sentido, remarca una victoria en cuanto al reconocimiento formal del género: “Ahora podemos competir en el rubro que corresponde, porque unos años atrás no existía en Mar del Plata esta terna, solo en los premios Carlos de Córdoba”.

“Desde un principio el transformismo debería haber tenido su categoría pura y exclusiva, porque no es un espectáculo de revista, no es una comedia, no es un drama, es un género en sí mismo”, remarca. En cuenta regresiva al fin de año, revela que este año estará en Transformadísimos transforma el humor en la trasnoche del Teatro Olimpia de Mar del Plata desde el debut el 28 de diciembre hasta el 28 de febrero. A diferencia de lo que sucedía en 2017, su padre está al tanto de sus próximos pasos, y cuenta que las lágrimas se volvieron una tradición en cada función: “Ahora me acompaña a un montón de shows, a todos los que puede, me vende entradas y cada vez que ve el final vuelve a llorar”.

“No dice nada, ni yo le digo nada, pero no hay un rechazo ni nada por el estilo. Es un tipo muy reservado y serio, no le gusta hablar y me parece que está bien porque hay que respetar al otro y sus tiempos también”, indica. “Que me apoye ya para mí es un montón; él es de los que se le cierra la garganta si hablás de algo que lo incomoda, porque está criado de esa manera, de tragarse esas emociones y no decir nada”, asegura después de dos años de convivencia con su papá. Con el regreso a las tablas volvió a su estilo de vida nómada, yendo a diferentes lugares para brindar sus shows.

“Siempre miro precios de valijas porque vivo de colectivo en colectivo y las ruedas andan tanto que si se rompe una tengo que tener otra de repuesto para llevar todas las cosas de un lugar a otro”, reconoce con humor. Pasará unos días más en la capital de La Pampa para decir presente en la Marcha del Orgullo, ya que encabezará la carroza y será el encargado de cerrar el espectáculo. “El 18 de noviembre vamos a hacer un evento premarcha a partir de las 12 de la noche en Yrigoyen 39, frente a la plaza. La idea es juntarnos porque la unidad hace la fuerza, y va a haber shows y música”, detalla. Y remarca: “Al conocer quiénes son partes del colectivo y hacernos amigos podemos saber las problemáticas de cada uno, y buscar la forma de trabajar en conjunto”.

Sobre sus sueños a futuro, la respuesta es concisa: “Seguir trabajando, y seguir construyendo cada día más a La Bardot, que trato de que sea cada vez mejor”. La vocación artística lo lleva a proyectar tener su propio teatro algún día, porque es el lugar donde más disfruta estar. Dentro de poco volverá a alzar con orgullo la bandera arcoíris, decidido a seguir la lucha contra los tabúes a los que se enfrentó muchas veces en su vida. Después de haber aprendido tantas profesiones a la vez, y de enfrentar complejos desafíos con resiliencia, su prioridad está en sintonía con sus convicciones: “No me considero un tipo que se viste de mujer, me considero un artista, porque lo esencial es lo que le brindás al público, y siempre voy a querer que alguien sonría aunque sea por un ratito”.

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