


Cuando perder es también una forma de ganar: la Argentina que se abrazó a su Selección y se reencontró consigo misma
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ARGENTINA | Somos, los argentinos, un pueblo que históricamente le costó abrazar los segundos puestos. Nacimos futboleramente hablando con la obsesión del primero, con el desprecio casi visceral por la plata, con esa frase que tantas veces repetimos sin pensarla demasiado: "segundo es el primero de los perdedores". Por eso mismo, lo que ocurrió anoche en plazas, avenidas y esquinas de pueblos y ciudades de punta a punta del país merece ser contado, entendido y, sobre todo, celebrado: esta vez, ganó otra cosa. Ganó el afecto. Ganó el orgullo. Ganó la certeza colectiva de que hay derrotas que se llevan con la frente en alto, porque lo que se dejó en la cancha vale tanto o más que cualquier copa.
La Scaloneta, ese equipo que hace años dejó de ser solamente un plantel de veintitantos futbolistas para convertirse en un fenómeno social, cultural, casi espiritual, volvió a demostrar anoche por qué caló tan hondo en el corazón de un país entero. Porque más allá del resultado, lo que este grupo construyó desde hace años es una identidad: la de un equipo que juega para el que tiene al lado, que corre por el que no llega, que se abraza en los momentos difíciles con la misma intensidad con la que festeja los goles. Y eso, en un país que muchas veces parece empeñado en tirar cada uno para su lado, es un mensaje que trasciende ampliamente lo deportivo.
Ahí está, quizás, la clave de por qué los argentinos eligieron festejar anoche una definición adversa. Porque en el fondo, todos vimos en ese equipo lo que tantas veces soñamos para nosotros mismos como sociedad: un grupo humano diverso, con individualidades enormes, que sin embargo entendió que la unión, la entrega y el trabajo colectivo rinden frutos que ninguna individualidad, por brillante que sea, puede alcanzar en soledad. Todos iguales, todos importantes, todos remando en la misma dirección. Esa es, tal vez, la gran enseñanza que nos deja esta Scaloneta: que cuando dejamos de lado las diferencias y nos encolumnamos detrás de una misma bandera, somos capaces de cosas enormes. Ojalá supiéramos trasladar esa lección al día a día de un país que tanto la necesita.



En el centro de esa épica, inevitablemente, apareció una vez más la figura de Lionel Messi. El capitán, el más grande de todos los tiempos, el que ya lo ganó absolutamente todo en el fútbol, volvió a dejar el alma en una final más, probablemente la última de su carrera con la celeste y blanca. Y lo hizo, como siempre, sin egoísmos, tirando del carro, sosteniendo a sus compañeros, liderando con el ejemplo antes que con las palabras. Junto a él, Lionel Scaloni, el arquitecto silencioso de esta historia, el entrenador que supo construir un grupo humano antes que un equipo táctico, y que en cada rueda de prensa, en cada gesto, transmitió esa humildad y ese profesionalismo que terminaron siendo, en definitiva, la marca registrada de esta generación irrepetible.
Pero si hay un partido que quedará tatuado para siempre en la memoria emotiva de este Mundial, no fue necesariamente la final. Fue la semifinal ante Inglaterra. Ahí, en ese estadio, con esa remontada, con ese coraje demostrado ante un rival histórico, se vivió algo que quizás muchos de afuera no logren comprender del todo. Hay victorias que pesan más que otras, no por el trofeo en juego, sino por lo que representan en el imaginario colectivo de un pueblo. Ganarle a Inglaterra, en las condiciones en las que se dio, con la historia que carga ese cruce, fue, para buena parte de los argentinos, un triunfo con un peso emocional que ninguna estadística puede medir. Hay que ser argentino para entenderlo. Y quienes lo somos, lo sabemos perfectamente.

Por eso, anoche, las plazas de los pueblos y las ciudades de todo el país se llenaron otra vez de celeste y blanco. Se llenaron de banderas, de bombos, de abrazos entre desconocidos, de lágrimas que no distinguían entre la tristeza por la copa perdida y la felicidad por todo lo vivido. Se llenaron, en definitiva, de ese nacionalismo bien entendido, ese que no necesita enemigos para existir, que no se define por lo que se odia sino por lo que se ama: la propia bandera, la propia historia, el propio equipo. Ese sentimiento puro de pertenencia que tanta falta nos hace como sociedad, y que el fútbol, una vez más, supo regalarnos en su forma más genuina.
La Scaloneta no volvió con la cuarta estrella. Volvió, sin embargo, con algo que quizás perdure incluso más en el tiempo: la certeza de haber unido, aunque sea por unas semanas, a un país entero detrás de un mismo sueño. Y esa, en definitiva, también es una forma de ser campeones.













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