


UN REALIQUENSE PARA CLARÍN: LA "FABRICA DE TERNEROS" QUE NO PUEDE PARAR
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"Ahora viene la vacunación de la aftosa. Somos cuatro en la manga, todos juntos. No sé cómo vamos a hacer", confiesa Diego Roppel (48) productor ganadero, en medio de la pandemia de coronavirus. Está en el establecimiento "Roberto" a unos 15 kilómetros al norte de Santa Rosa, en La Pampa. Tiene una gorra, pantalón de jeans y una camisa.
El campo donde está Roppel tiene unas 790 hectáreas. Lo alquila. La lluvia de la noche se refleja en sus palabras. "Llovieron 64 milímetros esta semana. En lo que va del año ya fueron 340 milímetros", comenta. Durante todo el año pasado llovieron 320 milímetros. Por eso no pudo cosechar unas 300 hectáreas de trigo y perdió una inversión de casi 2 millones de pesos.
Roppel viene de tres años malos. Tiene otro campo de 800 hectáreas en Realicó (a unos 200 kilómetros) que se le inundó hace un año y medio. "Quedó todo, todo bajo agua. Estuvimos 15 días sin entrar al campo", cuenta. Las vacas se enterraban, se acalambraban y morían en el barro.



"Elegí traer las vacas madres y alquilar este campo", dice. Fue el segundo gran desafío de su vida: el primero fue a los 33 años cuando dejó un correo privado para hacerse productor agropecuario, en el campo de Realicó que heredó su esposa, Noemí. Tiene un varón (14) y dos nenas (12 y 10).
Hoy tiene "dos fábricas" de terneros, como llama a sus campos,con unas 300 vacas madres y su cría. "Hay que estar todos los días. Mariano (el hombre que atiende el campo cercano a Santa Rosa) tiene el ojo, sigue el día a día", cuenta. La clave es elegir el lote, con pasto natural o plantado. Y el agua, que se abastece con tres tanques de 100 mil litros.
Es un ciclo que demora unos cuatros años: la vaca produce una vaca, que produce un ternero. Este va a recría, para producir el novillo. "Y en el medio, se producen los cambios de reglas de juego", dice Roppel con una sonrisa de labios apretados.
Con las veterinarias y las casas de insumos que cierran temprano, el trabajo estos días cambió. "Siempre hace falta algo", dice. Lo mismo que los trámites en la municipalidad o las autoridades sanitarias.
Las ferias, donde los productores venden los terneros y vaquillonas, están suspendidas. "El 18 de marzo se hizo la última feria. Vendí una ‘jaula’. Pero aún no cobré", cuenta. La venta fue a un feriero grande, con respaldo. Pero por la situación del coronavirus, hay pagos frenados.
Una jaula de terneros cotiza unos 2 millones de pesos. Y ahora ya no hay plazos para la compra de combustible: el pago debe ser en una semana.
Diego Ropel mira el pelaje de los terneros, que brilla porque salió el sol. Y las vacas cuyo estado deben cuidar. "No se pueden caer. Si está flaca, hay que sacarle el ternero, ahí nomás", cuenta. Si eso pasa hay que darle suplementos a la vaca madre y núcleos (proteínas) al ternero.
“Esto es la biología, no puede parar”, dice Roppel. Y mira el corral con sus animales.
Por Gustavo Laurnagaray para Clarin







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