


NO VA MÁS, SE AGOTÓ






Todas las oraciones del párrafo anterior, compendian frases textuales publicadas en las últimas semanas. Hay muchísimas más, pero son suficientes como ejemplo probatorio de que las violaciones a las medidas impuestas son una constante. Es evidente que hemos llegado a una situación de fastidio, que no hay posibilidades reales y efectivas de controlar a toda la población todo el tiempo en todos los lugares, que hay un estado de fatiga social que está llegando a un punto límite y esto va a empeorar, considerando que estamos al borde de las fiestas y de las vacaciones.
No va más, la realidad indica que estamos al tope, que hay un agobio insostenible. Aislados, distanciados, encerrados en casa después de las 11 de la noche, sin fines de semana de reuniones con amigos, sin festejos de cumpleaños, sin aniversarios, sin casamientos, sin abrazos, sin besos, sin el bar de la esquina al que le cantaba el querido Joaquín Sabina, sin posibilidades de turismo, sin, sin, sin. Con un agravante, el dedo acusatorio, la denuncia y la imputación, porque la evolución de la pandemia depende pura y exclusivamente del comportamiento social que tengamos, nosotros somos los responsables de que esto funcione, nosotros los culpables si el sistema de salud se satura o colapsa, nosotros los que no adoptamos las medidas, nosotros los que no tomamos conciencia, nosotros, nosotros, nosotros, los mismos que estamos sin, sin, sin.
La única medida que hemos transitado desde el inicio de la pandemia hasta acá, ha sido la cuarentena, en todas sus formas, más o menos flexible, pero para todos. Ni siquiera una cuarentena administrada, segmentada, quirúrgica. Cuarentena para todos y todas más restrictiva o menos restrictiva, sin distinciones. Una paradoja considerando que pese a todo, el Covid siguió en ascenso y, tal como lo demuestra un índice elaborado por la Fundación Bunge y Born, cuando había muchos menos positivos, los argentinos creíamos más que ahora que nos podíamos enfermar.


El estudio, muy interesante de analizar sociológica y psicológicamente, revela que los argentinos sabemos que hay riesgo, pero queremos salir a la vida, a disfrutar de las cosas que valen la pena, porque así no tiene sentido. Tras siete meses de cuarentena, nuestra percepción del riesgo a contraer Covid-19 fue mutando el foco de lo urgente y lo importante. A medida que pasó el tiempo, la percepción de riesgo mermó de manera inversamente proporcional a la circulación del virus y el aumento de casos.
El informe final del Índice de Propensión al Riesgo en Salud (IPRIS) coloca a La Pampa, junto a Corrientes y Ciudad de Buenos Aires, entre los territorios con menor precepción de riesgo. El estudio realizó un relevamiento de opinión en cuatro etapas para registrar la opinión sobre los medios de prevención del contagio aplicados, nuestra actitud de respeto o no de los mismos y la evolución de nuestra percepción del riesgo de contagio. El sondeo incluyó a 15.107 personas mayores de 15 años del interior del país entre el 23 de abril y el 17 de julio. En los primeros resultados, el 80% creía riesgoso salir del hogar, aceptaba el aislamiento y adoptaba cuidados preventivos. En cambio en la última etapa, prevalecía la necesidad de salir de casa para trabajar, pasear, visitar a la familia, los amigos, hacer ejercicio o simplemente pasear, vivir, salir de casa a vivir.
Agobiante, eterna, desgastante, son algunos de los adjetivos con los que calificamos hoy la cuarentena y las medidas preventivas. Es evidente que estamos en el límite, que no va más. Son necesarias otras opciones, sobre todo considerando que se vienen las fiestas y las vacaciones. Esto se agotó y frente a eso, no hay fuerza de seguridad ni medida de gobierno que pueda.
Diario la Reforma






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