A 39 años del hundimiento del Ara General Belgrano, la historia contada por un realiquense

Notas de Color 02 de mayo de 2021 Por Martín Hernan Martini
Transcurridos unos días en Malvinas, una mañana que el clima no permitía hacer nada más que estar a resguardo del viento y la lluvia, me dirigí hacia el Museo que está frente al Malvina House Hotel. Me llamó la atención la impresionante cantidad de objetos, piezas, y elementos que narran la historia y presente de las islas, en su versión británica -por supuesto-.
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Como no podía ser de otro modo, un espacio importante del sitio lo ocupa el conflicto de 1982 en el cual la Argentina “invadió” las Falklans Islands, como ellos las llaman; se trata de un ambiente donde se proyecta un documental audiovisual, con testimonios y vivencias de los kelpers por aquéllos días, y en el que se encuentra una secuencia gráfica que contiene una cronología detallada de la guerra, con un sinnúmero de documentos y fotografías, algunas de ellas inéditas para mí, como sospecho, para la mayoría de los argentinos. Es, en fin, la historia contada desde la vereda de enfrente.

MARTIN MARTINI

Sin embargo, algunas imágenes son tristemente conocidas por nosotros: entre ellas, la del ARA GENERAL BELGRANO yéndose a pique el 2 de mayo de 1982. Ese día, en apenas segundos, 323 compatriotas perdieron la vida en las heladas aguas del Atlántico Sur, en lo que fue la mayor tragedia naval de la historia argentina.

Allí me detengo. No puedo seguir recorriendo el Museo sin estremecerme ante tal hecho: en 1982 el viejo Crucero era el segundo navío en importancia de la Armada Argentina, luego del portaaviones ARA 25 DE MAYO. Con 44 años de servicio, si bien no poseía misiles superficie- superficie, sus cinco poderosas torres de tres cañones de 152 mm cada una, mas sus ocho cañones de 125 mm, eran suficiente para imponer respeto a las fuerzas británicas. Sin embargo, el mayor déficit que tenía era que carecía absolutamente de sistemas de defensa antisubmarina, circunstancia que sería determinante en su fatídico final.

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Recuerdo que a finales de abril de aquél año, ante la inminencia de las hostilidades, el “Belgrano” fue asignado por el comando superior, junto a los destructores Bouchard y Piedrabuena, a efectuar maniobras tácticas hacia el sur de Malvinas. Por aquellos días los británicos ya habían anunciado su “Zona de Exclusión Total” de 200 millas marinas alrededor del archipiélago, dentro la cual todo buque o avión que ingresara a la zona “sería atacado sin previo aviso”.

Cuando finalmente el 1° de Mayo las primeras bombas inglesas cayeron sobre la pista de Puerto Argentino, dando inicio a la guerra tan temida, el comando naval pretendió atacar a la flota británica con el portaaviones 25 de Mayo desde el norte, mientras que el grupo del Belgrano intentaría hacer contacto con el enemigo desde el sur, para desgastarlo con misiles. Esta misión traía implicada la arriesgada tarea de ingresar a la “Zona de Exclusión Total” para efectuar el movimiento, dejándose de lado así una consigna inquebrantable hasta el momento (no entrar en dicha zona).

Sin embargo, luego del bombardeo inglés, la flota imperial se retiró hacia el este, por lo que la misión fue cancelada, recibiendo el Belgrano la orden de retirarse hacia aguas de seguridad. Así, mientras se alejaba de la zona de conflicto y fuera de la zona de exclusión total, el navío fue atacado por el submarino nuclear “Conqueror” que lo venía siguiendo desde el día anterior.

Mientras me pregunto por qué el vetusto y noble navío fue hundido cuando se encontraba en retirada y fuera de aquella zona, de repente me siento más “visitante” que nunca desde mi llegada a las islas: en ese espacio del Museo, las continuas referencias a la Argentina como país agresor, y los testimonios hostiles de los residentes locales hacia todo lo que tenga que ver con lo argentino (proyectados en video una y otra vez), me hace comprender el significado de aquello que se presenta a los visitantes como “Our History” (Nuestra Historia), que lógicamente, es bien distinta a la nuestra.

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En el mismo momento llega al salón un contingente turístico. Todos conversan en inglés, mientras deduzco, de sus gestos y expresiones, que lo que están viendo y oyendo los persuade aún más de que somos un país guerrero e invasor, y que por ende, nos detestan.

Haciendo caso omiso a mi entorno, sigo recorriendo en mi mente la historia de aquél fatídico 2 de mayo, cuando exactamente a las 16 horas, dos torpedos hicieron blanco en el Belgrano, por la banda de babor, uno a la altura de compartimiento de máquinas y otro en el casco, desprendiéndose 20 metros de la proa del barco. Los impactos fueron devastadores, y en apenas 25 minutos, el capitán de la nave, Héctor Elías Bonzo, ordenó “abandonar el buque”.

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"Capitán Hector Elias Bonzo"

La tripulación sobreviviente se lanzó de inmediato sobre las 72 balsas salvavidas; algunos tripulantes, debiendo arrojarse al mar para acceder a ellas, murieron en el intento por hipotermia. Para las 16,30 horas la escora ya era del 30% y en torno al buque comenzaban a esparcirse las balsas naranjas: había algunas superpobladas y otras con algunos quemados graves. Otra cedió al peso de un trozo de cadena que cayó sobre su techo.

Finalmente, el Belgrano se fue a pique a las 17 horas, lenta y parsimoniosamente. Cinco minutos antes se le tomaron las últimas fotografías. A partir de ese momento, comenzó una verdadera odisea para los ocupantes de las balsas: a las 19 horas se levantó un temporal que hizo que muchos de los cierres se rompieran. Comenzó a entrar agua y algunos flotadores perdían aire, mientras las bengalas en pedido de auxilio no encendían o se apagaban rápidamente.

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La espera del rescate se hizo insoportable, casi eterna: para las 21 hs la tormenta alcanzó más intensidad aún, con olas de hasta diez metros de altura y ráfagas de viento de hasta 100 km/h. La temperatura esa noche rondó los 20 grados bajo cero.

Por fin, pasada la interminable noche, recién a las 15 del día siguiente los buques nacionales dieron con las balsas, comenzando el rescate de los sobrevivientes. La última de aquellas, fue ubicada a las 14 horas del 4 de mayo, casi cuarenta y seis horas después del ataque.

GENERAL BELGRANO
Mientras intento reponerme al recordar semejante tragedia, me doy cuenta que ya no tengo ganas de recorrer el Museo. Culmino de leer a las apuradas, hasta donde el idioma me lo permite, los días subsiguientes de la cronología de la guerra, y a los pocos minutos, enfilo hacia la puerta de salida.

Al salir, la lluvia y el viento frío continúan. Calculo que harán unos 4 o 5 grados de sensación térmica. Tengo el hotel a media cuadra. Justo en el momento que pensaba quejarme hacia mis adentros del clima hostil, estando perfectamente abrigado y seco, recuerdo a nuestros héroes y veteranos del Belgrano y me avergüenzo de mí mismo. No logro comprender como soportaron tantas horas mojados, con temperaturas bajo cero y olas de varios metros, sin comida ni bebida, hasta ser finalmente rescatados.

Lo que sí comprendo es que, junto con el Belgrano, se fue a pique la última oportunidad de resolver el conflicto por la vía de la diplomacia. Por aquellas horas extremas de tensión, en las que la gestión de mediación del Presidente del Perú, Fernando Belaúnde Terry, parecía tener alguna posibilidad de éxito, el gabinete de guerra de Margaret Tatcher decidió, de todos modos, ordenar el hundimiento por motivos que excedieron –evidentemente- lo estrictamente militar, para tener un trasfondo político insoslayable.

¿Quiso Gran Bretaña dinamitar las últimas y desesperadas negociaciones de paz con este hecho? Lo cierto es que, los británicos habían detectado al Belgrano muchas horas antes y ni siquiera le dispararon cuando más cerca estuvo de la flota inglesa. Al momento del ataque, el barco no se encontraba en misión de combate y su curso era netamente de retirada, por fuera de la zona de exclusión total.

Desde ese preciso momento la batalla naval por las Malvinas había culminado. Todos los buques de superficie argentinos se retiraron hacia las aguas del mar territorial, a resguardo de los submarinos ingleses, cediendo la totalidad del espacio marítimo a la flota británica.

La tragedia de la guerra había dado un duro golpe a la Argentina. La Primer Ministro Tatcher, apodada la “Dama de Hierro” fue, ese fatídico día, más de hierro que nunca.

IMG-20200128-WA0113DE REALICÓ A MALVINAS: "EL ÚNICO CAMINO PARA RECUPERAR LO QUE NOS PERTENECE, ES EL DE LA PAZ"

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